Cuando se caen los muros: algunas reflexiones en torno a la vida íntima, la transparencia y la propiedad intelectual

Estoy alucinando con el cambio climático. Y no es porque lo diga el Papa sino por la cantidad de semanas consecutivas de calor seco, intenso e implacable que hemos tenido. No sé si es una excusa válida pero no he sido capaz de hacer nada razonablemente intelectual.
Por suerte. Incluso lo malo llega a su fin. Y acá estoy otra vez.
Hace unos días se cayó un edificio en Tetuán. Dicen que avisan, y este avisó lo suficiente como para que los vecinos desalojaran el lugar. Cuando pasé por allí, la imagen me impactó. No era nada nuevo. Cada tanto suceden estos desastres arquitectónicos. Por suerte no hubo que lamentar heridos ni muertos. Una vez pasado el susto, el evento del barrio despertó la curiosidad de los vecinos y la prensa. No era extrañar: las pequeñas vidas de estos vecinos quedó expuesta en un segundo. El baño. Las cortinas del salón. Un retrato colgado en la pared. El color de los muros.
En tiempos no tan lejanos, podría haber sido vergonzante pero hoy en día hacemos esto a todas horas y con todo el mundo. De alguna manera, todos, famosos o no famosos, hemos derribado los muros de nuestra casa y hemos dejado que entren las cámaras.
Uno de los mayores cambios que hemos experimentado en las últimas décadas ha sido la transformación de los consumidores en generadores de datos. Ya hemos hablado en otros posts de nuestra manía en ir dejando un rastro de información que las empresas aprovechan para hacer negocio. Hablamos de oferta y demanda de información y de las características intrínsecas de este tipo de bienes intangibles.
En el ámbito jurídico tres han sido las consecuencias de este nuevo paradigma del capitalismo: por un lado un resurgimiento de leyes de transparencia o de acceso a la información pública, es decir, todo un conjunto de legislación que intenta defender el derecho y la libertad de la información, por otro, la actualización de las leyes de protección de datos, en especial en el seno de la Unión Europea. Y por último y no menos importante, las sucesivas reformas a las leyes de propiedad intelectual.
No entraremos en debates jurídicos que solo interesan a los abogados pero está claro que la característica especial de estos bienes supone un desafío para los modelos convencionales de la economía y el derecho. De esto también hemos hablado en este blog.
Ya en otro post habíamos hablado de bienes que no son rivales, esto significa que el concepto de propiedad se desdibuja claramente. ¿Quién es dueño de algo? ¿El que lo posee? ¿El que lo consume? ¿El que lo usa?
Robar significa, según la RAE:Tomar para sí lo ajeno, o hurtar de cualquier modo que sea”. Pero cuando alguien usa mis datos personales para ganar dinero, ¿me está quitando algo? En ese caso, ¿qué es lo que me está quitando?
De alguna forma, los mismos dilemas que afrontábamos cuando hablábamos de derechos de autor resurgen una vez más aunque esta vez con mayor virulencia. Y no solo eso. En este caso, no estamos hablando de un grupo de chavales que se bajan una película para verla en casa, con subtítulos y en versión original. Estamos hablando de empresas que tienen como modelo de negocio— perfectamente legal— lucrar con los datos personales de los consumidores. Estas mismas empresas son las mismas que abogan por la libertad de prensa y el derecho a la información. Ya hablaremos de esto. Pero volvamos a la ley.
Estos tres conjuntos de leyes, por llamarlos de alguna manera generan una serie de inconvenientes en su aplicación. Por un lado, los defensores de la libertad de prensa, es decir, los medios de comunicación, los periodistas y las empresas tecnológicas siempre se han mostrado a favor de leyes que fomenten la transparencia de las instituciones públicas y la apertura de datos, aun sabiendo que muchas veces la información no solo puede significar más derechos para los ciudadanos sino más dinero para ciertas empresas.
Queremos más información y eso está bien como ciudadanos pero tenemos que estar dispuestos a saber quiénes se benefician con la apertura de datos.
Que Google, sancionada en reiteradas ocasiones por la Agencia española de Protección de Datos[1], patrocine cátedras de formación en materia de privacidad es significativo[2]. También lo es que apoye todo tipo de iniciativas de open data, tanto a través de becas a la formación como a través de herramientas que facilitan el tratamiento del big data (por ejemplo, el ex Google Refine para limpiar datos, Google Drive para almacenar y compartir los mismos, Fusion Tables, para visualizar etc.).
Insisto, no es una crítica (¡Google vive de los datos!) pero debemos tener en cuenta que este tipo de empresas no tiene entre sus objetivos principales defender los derechos de los ciudadanos, ni siquiera de los consumidores. ¡Y no diga que deba hacerlo! Google vive de los datos personales, de la información y todas aquellas medidas que faciliten su negocio las apoyarán y las fomentará.
Por otra parte, las leyes de copyright también colisionan con el derecho a la información, por eso no es de extrañar que a menudo este tipo de legislación perjudique la libertad de prensa. Lo hemos visto este año cuando la tasa google a través de su ley de propiedad intelectual[3] que impuso el gobierno significó el cierre de Google News en España lo que a la postre fue una batalla perdida para los medios de prensa española.
Mucho debate mediático ha habido en torno a la Ley de propiedad intelectual y a la Ley de transparencia pero creo que nos falta una pata. Nos falta una reflexión a fondo sobre la ley de protección de datos personales. Nos falta saber qué están haciendo los consumidores y las asociaciones de consumidores para proteger nuestra privacidad.
Puede que la misma corrupción tenga la culpa. A menudo, los corruptos se escudan en las leyes de protección de datos para que no se sepan sus fechorías. Pero no debemos caer en el error de pensar que el que quiere esconder su vida es porque ha hecho algo vergonzante. El juez Richard Posner iba en ese sentido cuando escribió The right of privacy[4], un artículo que aboga por el libre mercado por encima de consideraciones menos importantes como el carácter instrumental de la privacidad. En este sentido, la privacidad nunca es buen negocio para las empresas. Posner cree que la privacidad entorpece el desempeño de las empresas. En la misma línea iban algunas empresas tecnológicas cuando se debatía la directiva europea de protección de datos. Y puede que en algún sentido tengan razón. Entorpece a las empresas que usan los datos personales aprovechándose del desconocimiento del consumidor.
De momento, no lo tengo claro pero es evidente que hay ganadores y perdedores. Y  aquí todos se mueven— las empresas tecnológicas haciendo lobby en Bruselas, los gobiernos impulsando portales de transparencia, los medio de comunicación presionando para poder acceder a más datos públicos, etc.— pero nos faltan los consumidores. Ya ven que ni siquiera pierdo el tiempo en hablar de ciudadanos.
Creo que dentro de la lógica capitalista debemos entender que es nuestra condición de consumidores, más allá de que seamos ciudadanos, lo que otorga el carácter de esta particular transacción entre productores y consumidores de datos.
Ya hemos hablado en otros foros de la información asimétrica en las relaciones entre los consumidores productores de datos y las empresas, consumidoras de datos[5]. Los vendedores de datos no saben cuánto valen y ni siquiera hay un contrato claro al respecto. El bien es tan complejo que el consumidor no es capaz de calibrar su importancia económica.
 Pero veamos qué pasa con los datos en manos del gobierno. ¿Se puede hablar de un mercado? El gobierno genera datos de gestión, estos datos en principio no son públicos, el ciudadano accede pero de forma parcial, sin embargo, como pagador de impuestos tiene derecho a esos datos, de alguna manera le pertenecen. El problema es que abrir esos datos al ciudadano podría significar abrir esos datos a las empresas. Y alguien amigo del libre mercado, como nuestro amigo Posner, diría: ¿Y qué problema hay que accedan a esa información las empresas? En principio, ninguna. El problema es ¿quién paga? ¿Está el ciudadano con sus impuestos subsidiando la materia prima de muchas empresas? Habrá quien pueda decir—el mismo amigo amante del libre mercado— si la transparencia fomenta la actividad empresarial bienvenida sea. Magnifico, dirán algunos. Mientras otros se preguntarán: ¿por qué subsidiar a empresas que trabajan con datos y no a los toros?
No me malinterpreten. Me encanta la transparencia. Que los políticos rindan cuentas y también las administraciones públicas pero estamos hablando poco, o demasiado poco, de las prácticas del sector privado. Y de la relación entre gobiernos y empresas. Y me molesta cuando los presuntos corruptos alegan problemas de privacidad para no dar cuenta de sus acciones pero queridos: me inquieta aún más la mercantilización de la vida privada. Me inquieta que cada vez más las esferas de lo íntimo se incorporen al capitalismo. En realidad, no se trata de estar a favor del libre mercado o del populismo. Por favor, basta de ideología barata.
 Se trata de saber por qué en este momento de la historia, como consumidores valoramos tan poco la privacidad. Podría ser que se ha instalado una manera de hacer negocio que cada vez más depende de los datos personales. No es mi afán demonizar. Pero todo tiene consecuencias. Y parece que, como consumidores, no estamos haciendo lo suficiente. O puede ser que no tengamos mucho margen para actuar. Ya sabemos que estar metido en el mundo del consumo capitalista, es someterse a la vigilancia. No me linchen los amigos del status quo. No quiero acabar con el sistema pero los que piensan que la privacidad es una cuestión de delincuentes que quieren esconder sus fechorías o de personas avergonzadas por sus estilos de vida, se equivocan.
La privacidad es importante por muchas otras razones. Menos tangibles pero más trascendentes. No solo estamos hablando de alguien que está lucrando con nuestros datos. O que mi información pueda caer en las manos equivocadas.
La esfera de lo íntimo implica muchas más cosas. La intimidad configura las relaciones humanas. No actuamos de la misma manera con todo el mundo. El grado de cercanía con una persona está dado en parte por el tipo de información que compartimos y por la manera en que lo hacemos. No nos dirigimos de la misma manera al verdulero que nos pesa la fruta que a nuestra madre. La manera en que configuramos las relaciones de confianza viene dada por la forma en que liberamos información relevante y cada sociedad tiene sus cánones. En España los camareros acostumbran a preguntarte cuándo te vas de vacaciones y el ganador de la Lotería festeja con sus vecinos del pueblo. En otros países, nadie contaría a viva voz que se ha transformado en millonario por miedo actos delictivos o a que tus hijos te maten para cobrar la herencia.  En cualquier caso, las relaciones humanas están configuradas por esa dosis de privacidad necesarias que cada uno controla a su manera.
Pero… ¿qué pasa cuando dejamos de tener el control sobre este aspecto? James Rachels, filósofo moral no lo puede decir más claro:[6]

Si no podemos controlar quien accede a nosotros, (…) entonces no podremos controlar los patrones de comportamiento que necesitamos adoptar (y esta es una de las razones de por qué la privacidad es un aspecto de la libertad) o el tipo de relación que tendremos con otra gente (p. 309)

¡Y corría el año 1975!
No creo en las conspiraciones pero sí creo que hay sistemas económicos que tienen consecuencias. No soy un canguro objetivo pero, en base a la experiencia, debo decir que estamos asistiendo a un cambio en nuestros valores morales y de comportamiento que responden de forma directa a la creciente falta de privacidad que estamos experimentando y que esto es directamente achacable al sistema productivo en el que vivimos.

Inevitablemente nuestra forma de comportamiento se modifica sabiendo que hay alguien vigilando. Es algo que no podemos evitar y supongo que lo estudiaran los psicólogos de turno pero hay algo en nuestra psique social que se está modificando.
Pero volviendo a la transparencia y la sed de datos casi adictiva que nos invade a todos, (antes esta adicción a cuantificar era solo patrimonio de algunos economistas)  ¿Adivinen qué países se están moviendo en este sentido?
No es casualidad que los gobiernos de Estados Unidos y Reino Unido lleven la bandera de la transparencia entre sus principales cometidos. El portal http://data.gov.uk/ del gobierno británico ha ido mejorando e incorporando datos a distintos niveles (nacional y local) y ha sido una iniciativa muy cacareada por el gobierno de David Cameron.
 Por otra parte, Barak Obama impulsó nada más llegar la Open Government Directive[7] en la que instaba a las distintas agencias a que tomaran medidas específicas de acceso a los datos públicos por parte de la ciudadanía. Medidas que han ido implementándose año tras año: la última tiene que ver con ofrecer información a la ciudadanía en formatos amigables[8]. Este detalle es bien valorado por determinados colectivos que trabajan con datos (la verdad es que la web que ha montado la Casa Blanca es formidable). Y me encanta cuando veo datos lindos, ordenados y si encima cuentan una historia, es la hostia.
Pero volvamos a las preocupaciones. ¿No eran justamente Estados Unidos y Reino Unido —los adalides de la transparencia—los más cuestionados en lo que a vigilancia se refiere después de las revelaciones de Eduard Snowen?
 A lo mejor estoy columpiándome pero pareciera haber una relación inversamente proporcional entre vigilancia y transparencia. E inversa también entre transparencia y protección de la propiedad intelectual.


En efecto, Posner está a favor de que existan los secretos industriales ya que son el motor de la innovación aunque defiende la existencia del dominio público después de un tiempo pero en cuanto a privacidad lo tiene claro: entorpece el libre mercado[9]. Lawrence Lessig autor, de Code[10], en el que se manifiesta en contra del actual sistema de derechos de propiedad intelectual, está de acuerdo sin embargo en que deba existir un estricto sistema que proteja la privacidad, incluso un sistema parecido al copyright en el que los titulares de derechos ceden los mismos por una cuantía. Una especie de regalía por ceder tus datos.
Pero volviendo a los que nos interesa. Hay algunas alianzas que me inquietan. En especial cuando se intenta meter en un mismo saco cosas tan dispares como la libertad de prensa, la privacidad de los datos personales y la propiedad intelectual y yo me sigo preguntando: ¿estamos haciendo lo suficiente para proteger la esfera más íntima de nuestras vidas? ¿Puede esto afectar a la forma en que construimos nuestra ética y nuestra moral? Creo que hay un debate pendiente que se ha acallado más de lo que me hubiese gustado.
 Tal vez sea la crisis económica. La desigualdad. Puede que haya gente que piense que este es un debate frívolo pero me pregunto, una vez más, si debemos salvaguardar la privacidad como un derecho básico, un derecho que garantiza la libertad de los ciudadanos. Lawrence Lessig, esboza una explicación más simple para esta falta de interés:

La gran diferencia entre copyright y privacidad es la política económica que intenta solucionar estos dos asuntos. Con el copyright, los intereses amenazados son poderosos y están bien organizados, con la privacidad, los intereses amenazados son difusos y desorganizados. Con el copyright los valores que están en contra (los bienes comunes, el dominio público) no son evidentes ni bien entendidos. Con la privacidad, los valores que la combaten (seguridad, guerra contra el terrorismo, etc.) son evidentes y muy bien entendidos. El resultado de que existan estas diferencias (…) es que en los últimos diez años, mientras que hemos visto muchos cambios técnicos y legales en aras de encarar el tema del copyright, hemos visto muy pocos cambios que intenten solucionar los problemas de la privacidad (p.200-201).

Puede que esta posición sea un poco extremista y haya que matizarla pero intuyo que todo depende de cómo se organicen los actores que están en juego. ¿Están los consumidores suficientemente organizados?
Me quedo con muchas dudas y pocas certezas. Esto es un berenjenal pero está claro que los bienes intangibles están cambiando la manera en que entendemos el mundo de hoy y está inclinando la balanza a determinados grupos que, de momento, son los grandes ganadores de esta historia.
Estoy por tomarme otro vermuth. Por fin, un verano en condiciones. Sol y brisa al anochecer.
 Es todo lo que pide un Canguro en agosto.





[1] Fuente: https://www.agpd.es/portalwebAGPD/revista_prensa/revista_prensa/2013/notas_prensa/common/diciembre/131219_NP_AEPD_POL_PRIV_GOOGLE.pdf
[2] Estamos hablando de la Cátedra Google de la Universidad San Pablo CEU http://www.uspceu.com/es/investigacion/catedras-de-investigacion/catedra-google/presentacion.php
[3] Aquí se puede consultar la ley reformada en 2014 http://www.boe.es/boe/dias/2014/11/05/pdfs/BOE-A-2014-11404.pdf
[4] Fuente: http://chicagounbound.uchicago.edu/cgi/viewcontent.cgi?article=2803&context=journal_articles
[5] Puedes leer con mayor detalle este concepto en este enlace http://e-spacio.uned.es/fez/view/bibliuned:masterFilosofiaLogica-Szuleta
[6] Fuente: James Rachels, "Why Privacy is Important," Philosophy fcf Public Affairs 4(4) (Summer):
323-33, 1975. Copyright © 1975 by Princeton University Press. Reprinted by
permission of Princeton University Press.
[7] Fuente: https://www.whitehouse.gov/open/documents/open-government-directive
[8] Fuente: https://www.whitehouse.gov/the-press-office/2013/05/09/executive-order-making-open-and-machine-readable-new-default-government-
[9] Su ataque a la privacidad es tan virulento que en una entrevista, dijo estar dispuesto a mostrar su celular. Defiende que el gobierno espíe a las personas y dice, “si miraran mi móvil solo verían las fotos de mis gatos”. https://firstlook.org/theintercept/2014/12/08/bad-shameful-dirty-secrets-u-s-judge-richard-posner-hiding-demand-know/
[10] Aquí puedes acceder a la última versión de Code en formato PDF http://codev2.cc/download+remix/Lessig-Codev2.pdf

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