No soy premium: pensamientos acerca de la publicidad y los datos personales

Mientras veo cómo nieva por la ventana me sigo preguntando muchas cosas.
No, no. Me da igual que esté nevando en plena primavera. Esas cosas del cambio climático me alucinan y me preocupan pero, en el fondo, me gusta ver los copos por la ventana.
Sin embargo, el otro día me sucedió algo curioso. Soy un canguro inquieto y no estoy todo el día filosofando.  Estaba en mi sillón de orejas frente al fuego con mis olivas y mi vermuth  entrando en un trance maravilloso a medio camino entre la vigilia y el sueño con Million Reasons de Lady Gaga de fondo.
La música me desconecta. Me inspira. Me evade. Pero, por Dios, los malditos anuncios me recuerdan que no soy un consumidor Premium. Soy un canguro vulgar. Plebeyo. Soy la chusma y tengo alma de free rider. Y me lo recuerdan todo el rato. No soy Premium. No soy especial. No puedo acceder a aquel mundo maravilloso de servicios selectos. Simplemente soy un marsupial más del montón de desposeídos que sí que entregamos algo. Cosas muchas más valiosas que unos cuantos euros al mes.
En esta economía del “coste marginal cero” como la llama Jeremy Rifkin nadie te regala nada. Según Rifkin estamos todavía en un periodo híbrido en el que conviven estos dos sistemas: el antiguo capitalismo basado en un mercado más o menos claro de compradores y vendedores en donde las mercancías se transportan, se parten, se agotan y el nuevo capitalismo basado en los bienes comunes y en el que el coste de producir una unidad adicional es cercano a cero. Ya hemos hablado largo y tendido sobre este tipo de bienes (por ejemplo, puedes leer aquí sobre el lado oscuro de la sharing economy o la economía P2P). Y sabemos que, en el fondo, Rifkin es un optimista que piensa que nos estamos beneficiando de compartir, el auto, la música, las herramientas del jardín. Falta que nos digan que compartiremos a nuestras parejas por una tarifa plana y todos lo aceptaremos alegremente solo para decir que somos modernos y que estamos en la nueva economía.
Fuente: Alan Levine https://www.flickr.com/photos/cogdog/8188824613

Señores, yo no estoy acá para hacer wishful thinking sino para ver en qué cosas nos estamos pasando. Y lo que está sucediendo con este nuevo paradigma de capitalismo es que solamente tienes dos opciones si no eres Premium: o entregas tus datos o te fríen a publicidad. De alguna manera, como individuos tienes que entregar un poco de tu alma si no quieres entregar “la pelusa”. Como si un yonki desesperado te dijera: vale, no tienes dinero entonces ¿Qué tienes para darme?
Parece que no estamos dispuestos a pagar por ciertos servicios pero al mismo tiempo nos preocupamos por entregar nuestros datos o por vernos interrumpidos en nuestros hondos pensamientos por aquella publicidad que venimos oyendo toda la semana.
Señores, el negocio no cierra. Como bien comentaba Ricard Martínez, experto en privacidad y protección de datos, a quien entrevistamos hace unos meses. ¿De pronto llegó el comunismo y no nos habíamos enterado? Nadie invierte años y años de investigación, tiempo y trabajo para regalar app molonas para poder correr mientras mides los km que has hecho o las calorías que has quemado.  
Y  a mí me da igual que el negocio no les cierre, el tema es que las consecuencias  las sufrimos los consumidores. ¿O somos también cómplices de un sistema que premia nuestro exhibicionismo?  Es una pena y como canguro consumidor me pregunto qué es lo que valoro más. Qué necesito para ser feliz. Y me doy cuenta de que mis necesidades de comunicación, de ocio, etc. vienen de fuera. No las decido. Parece que elijo. 
Ya en la década del 50 Galbraith hablaba de “efecto dependencia” (Dependence Effect) para referirse al rol de la publicidad como creadora de nuevas necesidades. Nos habían vendido que a más producción, más bienestar. Pero si aumentan las necesidades cuando aumenta la producción y la subsiguiente publicidad creando nuevas necesidades, nunca llegaremos a esa cima de bienestar que nos venden los economistas. Por más que corramos siempre la veremos en el horizonte. Inalcanzable. Hermosa. Como el sol al atardecer en la playa. Un espectáculo único y conmovedor. Una explosión de colores que no podemos tocar por más que vayamos a su encuentro.
Y no parece que esta circunstancia nos acerque a nuevas esferas de libertad como nos vendían algunos fanáticos neoliberales. Este capitalismo P2P huele muy bien pero en el fondo, intuyes que aquel olor recuerda a un ambientador dulzón y artificial que pretende tapar un hedor mucho más fuerte y penetrante.
 Solo cabe preguntarse si este mundo de servicios “gratuitos” nos hace más libres como ciudadanos y como consumidores o si, por el contrario, nos encontramos en una cómoda telaraña de la que ya no sabemos cómo salir.


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