Sobre por qué es conveniente cambiar de bar cada tanto y otras cuestiones en torno a la libertad y la esfera pública y privada.

El otro día me senté a tomar un café. Debo decir que a veces cambio de cafetería. Algunos camareros son charlatanes y terminan preguntándome cuándo me voy de vacaciones. Son gente macanuda (maja). Los veo a menudo y, de alguna manera, tengo más trato con ellos que con algunos miembros de mi familia.
Sin embargo, cada tanto tengo el impulso de cambiar de bar. Alejarme unas cuadras. Y me veo en esas diatribas estúpidas del tipo: “es verano, si voy, me preguntará cuándo me iré de vacaciones”, “me hablará de sus hijos y tendré que hablarle de los míos”, “se fijará cuánta propina dejo y sacará conclusiones sobre mi renta, sobre mi trabajo” “me verá siempre solo, pensará que no trabajo o que no tengo pareja o que estoy de levante”.
Todo ese pensamiento obsesivo es el que me ha llevado a cambiar de bar y evitar tener sobre mi cabeza las especulaciones, ficticias o no, del camarero.
 Lo que está claro es que por el mero hecho de traspasar la puerta de nuestras casas ya  estamos dando mucha información —al camarero, al portero, al barrendero que pasa todos los días por el mismo lugar—.
Me dirán que estoy perdiendo la razón pero a menudo me veo envuelto en conversaciones acerca de mi vida con gente a la que considero extraña. Es curioso. Tenemos una esfera íntima pero el contacto con el mundo exterior nos obliga a derribar algunos muros. Y es en ese derribe cuando debemos dar explicaciones. Y cuando, a menudo, tenemos que mentir. O tenemos que variar nuestro accionar.
En definitiva, empezamos lenta e inexorablemente a perder libertad.  
Ya he comentado que el concepto de privacidad ha ido mutando a lo largo del tiempo, conforme lo ha hecho al avance tecnológico. No descubro nada nuevo si digo que la noción de lo público y lo privado ha ido cambiando y muchos estudiosos se han dedicado a analizar este fenómeno[1].
Hace unos días saltaba a la luz el caso de Yanina Latorre y Diego Latorre. Unos audios y unas imágenes que muestran cómo el futbolista habría engañado a su mujer. Lamentablemente, nos hemos ido acostumbrando a que estas noticias sean la normalidad.
Para muchos el amor es una forma de cárcel. Fuente: https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/6/65/Cadenas_du_pont_des_Arts.JPG

Señores, los cuernos han existido siempre.  La cuestión radica en que una vulneración de este tipo afecta siempre a más personas que a las directamente involucradas.
La violación de la intimidad se asemeja a que entren a tu casa. O incluso yo diría que es peor.  Se pone en la esfera pública aspectos que pertenecen a la esfera privada. En realidad, da un poco igual que lo que se diga sea verdad o mentira. Basta con que te atribuyan unos hechos para que se cree una corriente de opinión que poco le interesa la verdad.
La verdad no es lo importante en esta nueva era del big data.  Las creencias y la superstición son esenciales para establecer una opinión pública.
¿Qué más da que sea Diego Latorre el de las imágenes o los audios? Es irrelevante. La corriente de opinión es tan fuerte y el tsunami informativo tan bestial que ya se han instalado  una serie de nociones que será muy difícil de borrar.
Algunos llaman a este fenómeno —a mi juicio de forma un poco cursi— la posverdad[2]. Me suena a vocablo de moda pero resume un poco lo que está pasando en este momento con la privacidad. Incluso vamos un paso más allá. Nos violan la intimidad de todas las maneras. Las empresas. Los gobiernos.  Entre nosotros. Y por si fuera poco, si fracasa lo anterior, basta con simular situaciones íntimas para que estas pasen a la categoría de verdad. El daño es el mismo. O diría, incluso mayor. Estamos asistiendo al lado más oscuro de las nuevas tecnologías.
Ya he hablado largo y tendido sobre privacidad y sobre los delitos que se están cometiendo a raíz de esto (ya he comentado en otros artículos la dificultad de tener estadísticas sobre el tema: la gente  no denuncia, en muchas ocasiones no tiene la conciencia de estar violando un derecho y las empresas son reacias a confesar que han sido víctimas de algún tipo de violación a la privacidad. Este contexto no ayuda a dimensionar realmente el problema[3]). 
Es preocupante pero es aún más inquietante saber que no podemos controlar ese flujo de información que anda dando vuelta por ahí. Es como un Frankenstein, un alien deforme y conformado por verdades a medias, mentiras en toda regla, creencias, malos entendidos. Y la creatura va creciendo patológicamente como un tumor. Se mueve con facilidad. Crece en forma aritmética. Anda de acá para allá dando vueltas por el espacio. Es invisible durante mucho tiempo y cuando menos te lo esperas, el Frankenstein —deforme, poderoso, amorfo como una medusa— te explota en el rostro.
E insisto: corneros y cornudos han existido siempre, pero lo novedoso es este nivel de exposición pública que puede llevar a situaciones de estrés tan severas que en algunos casos puede conducir al suicidio o la depresión de una persona. Nadie está exento de esto. Ni los famosos ni los anónimos.
De momento, lo dejamos acá. No quiero cansar al lector. Mañana la segunda parte en donde hablaremos sobre por qué estamos perdiendo la visión moral de las cosas gracias al entretenimiento barato que creamos y consumimos como prosumidores. En donde la pérdida de privacidad, es el principal ingrediente.

Disfruten de la vida. Es corta. Y tiene cosas maravillosas.

[1] Puedes ver un resumen en imágenes muy chulo en esta página. Se relata la evolución del concepto de privacidad a lo largo de los siglos. Muchas cosas han cambiado pero lo que está claro es que a menos privacidad, más control por parte de terceros. Por lo tanto, menos libertad, soporte principal de la democracia. No necesitamos ser filósofos para darnos cuenta de esto. https://medium.com/the-ferenstein-wire/the-birth-and-death-of-privacy-3-000-years-of-history-in-50-images-614c26059e
[2] El término, que fue elegido palabra del año por el diccionario Oxfort, (lo cual suena a chiste), tiene una connotación política pero he querido traerlo al ámbito de la privacidad porque creo que las nuevas tecnologías están cooperando en establecer un estado de opinión, verdadero o falso, no solo sobre los políticos sino sobre la gente común.
[3] En el informe Una aproximación a la estadística criminal sobre ciberdelitos. Primer muestreo de denuncias judiciales de la República Argentina. Elaborado por la Dirección Nacional de Política Criminal se contabilizan las denuncias hechas pero no hay datos de evolución en el tiempo ni sabemos cuáles de esas denuncias llegaron a buen puerto. En cualquier caso, es un buen comienzo para conocer más sobre este fenómeno. 

Comentarios

  1. Viendo la curricula de la Srta. en cuestión con que cometió infidelidad el Sr. Latorre, no puede dejar pasar el no haberse percatado del cartel de neón que a la muchacha le brilla en la frente que dice "Peligro!"
    En fin... el que quiere durazno, que se banque la pelusa....

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    1. En realidad se trata de ser conscientes de que cuando compartimos información ya deja de ser nuestra. O, mejor dicho, perdemos control sobre la misma. No hay nada malo en hacerlo si uno es consciente de las consecuencias. Muchas gracias por leer y comentar.

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