El autor como promotor de las empresas tecnológicas: reflexiones sobre oferta cultural y la desigualdad del ingreso (1)

Hoy me siento a escribir movido por varios motivos. Soy un Canguro inquieto. Me levanto.  Desayuno. Consumo cultura. Estoy atento a lo que me ofrecen. Y en base a eso saco algunas conclusiones.
Hace tiempo que vengo diciendo que no necesitamos ser economistas ni expertos para poder entender, criticar y analizar el capitalismo, la economía y el mundo del consumo.
Somos ciudadanos pero, ante todo, somos consumidores y tenemos una información que nos hace conocedores de mercados a la par o incluso más que cualquier experto con master o doctorado.
Hoy quiero hablar del mundo de la cultura. De la oferta de contenidos que tenemos a nuestra disposición. En concreto, hablaremos del mundo de los libros en esta era del big data. Nos interesa ver qué está pasando tanto con los autores como con los lectores de contenidos. 
¿Cómo se distribuye la oferta cultural? ¿Estamos perdiendo diversidad? ¿Tiene algo que ver el monopolio de las empresas tecnológicas en todo esto?
Hace tiempo que se viene hablando del auge de los autopublicados. La cantidad de gente que se ha lanzado a escribir y a publicar sus obras. Cualquiera que conozca Amazon sabe que aparecer allí puede ser garantía de llegar a millones de personas.
A priori, parece que este nuevo sistema es más democrático. Nos aleja de la tiranía de los editores y las librerías tradicionales y nos acerca a un mundo maravilloso en el que reina el acceso ilimitado a una oferta sin fin de bienes y servicios. Los escritores pueden publicar. Los lectores pueden acceder a lo que les dé la gana.  Pero… ¿es realmente así? ¿Somos más libres en nuestras opciones culturales?
Y aquí es donde aparece el diablo.  Y entonces entra la información asimétrica, la falta de transparencia, los monopolios.
Y aparecen los famosos algoritmos de recomendación[1] que hacen que el sistema recomiende algunos productos y no otros. Es decir, pone luz sobre algunos productos y oscurece el resto. Es casi como si los hiciera desaparecer. Lo que no se ve no existe a los ojos del consumidor.
La forma en la que trabaja el algoritmo es un misterio pero debemos reconocer sus ventajas: cuando estás comprando un destornillador, puede que te  recomiende adquirir unos tornillos que van perfecto con ese instrumento. Hasta ahí, no hay quejas.  
Pero ¿qué pasa con la cultura? Pues que los libros que aparecen en las búsquedas llevarán a una recomendaciones concretas y se entrará en un círculo virtuoso de recomendaciones que, a la postre, reduce en la práctica la oferta de bienes culturales.
No es así, me dirán los detractores. Siempre tendrás la oferta completa. Mucho más que en una librería física.  
Sí, es verdad. Pero si eres consumidor de libros a lo mejor te dejas llevar por esas recomendaciones y aquellos títulos menos vendidos simplemente “desaparecerán” de la oferta.  Sería como, en vez de estar en el mesón de la librería física, tu libro estuviera  escondido en una biblioteca, en el fondo. El librero podría decir. Tengo tu libro. Pero claro, al estar “escondido” es como si no existiera.
Este fenómeno que sucedía en la librería física, se potencia en Amazon.
A menos que el consumidor busque un título concreto, toda una gama de libros desaparecerán de un plumazo de su oferta de libros. El algoritmo solo recomendará o expondrá los más vendidos. Y esto lleva a que los oferentes de libros, por ejemplos los autores, tengan que vérselas con los metadatos y otras cuestiones para intentar visibilizar un libro.
¿Son más importantes los metadatos que la calidad de la obra? No seré yo el que conteste esa pregunta pero parece que el autor, además, de ser buen escritor debe preocuparse por estas cosas incluso en mayor medida.

Esto no es una crítica. Entiendo que Amazon o el librero estén en su derecho de maximizar sus beneficios. Faltaría más. Pero como consumidor, tengo también el derecho a decir que tal vez estamos asistiendo a una maquinaria que, en la práctica, reduce la oferta cultural. La empobrece.
Otro ejemplo de cómo el sistema “premia” a los que menos lo necesitan. He analizado en otras ocasiones las plataformas de crowdfunding editorial. Una propuesta que a priori, como Amazon, también juega con la idea de la democratización de la cultura.
¿No tienes ninguna editorial que te publique? Ya estoy yo para ayudarte a hacerlo. El problema está en que cuando lees la letra pequeña te das cuenta de que solo les interesa promocionar aquellas obras que ya tienen un público. O cuyo autor ya está haciendo un trabajo de marketing interesante.
Es decir, el sistema está pidiendo a los autores, no solo que escriban libros sino que promocionen las bondades de las empresas tecnológicas para aumentar sus ventas. ¿Y entonces que hacen los autores? Pues se ven obligados a canibalizarse entre sí y ponerse a evangelizar sobre Amazon, el crowdfunding y otros artefactos tecnológicos. ¿Ese es el oficio del escritor? ¿Ser un promotor de starts ups tecnológicas?
Es decir, estamos convirtiendo a los autores en vendedores de las bondades de las empresas tecnológicas. ¿Y cuál es la comisión? Pues unas ventas que solo compensarán si eres un best seller. Tal como decía Taleb, (puedes leer aquí varios artículos sobre el papel del azar en el éxito a propósito de El cisne negro) estamos en Extremistán y nos quieren vender que vamos hacia una democratización de la cultura. Así, lo manifestaba el Canguro en el artículo antes citado:

“Tal como planteaba Piketty en su libro, vivimos  cada vez más la desigualdad de ingresos entre los seres humanos. Las estrellas de cine, los futbolistas, etc. ganan infinitamente más que el resto de los mortales. Además, lo hacen en muchísimo menos tiempo que antaño. La gente está dispuesta a pagar 13 euros por Shakira y no 1 euro por un cantante desconocido. Es decir, el ganador se lleva toda la tarta. Así es como lo plantea Taleb (evidentemente, el autor subestima el papel de la piratería. Puede que incluso la violación de los derechos de autor haya sido un cisne negro para la industria discográfica. Un efecto no deseado del abaratamiento de la distribución de la música). En Extremistán los sucesos raros afectan de forma poderosa los promedios. El crack del 29 es un ejemplo. Lo puede ser un contagio tan fortuito que puede desencadenar una epidemia de por ejemplo…zika. En el mundo de Extremistán se concentran aquellas profesiones ligadas a la propiedad intelectual y las que tienen una narrativa detrás en donde el éxito se concentra en unos pocos.”

Mañana la segunda parte. No quiero cansar a mis lectores pero tengo mucho más que decir sobre este tema.
¡Disfruten!
YA PUEDES LEER LA SEGUNDA PARTE ACÁ





[1] Como ya hemos planteado en Privacidad y monopolios, para que el algoritmo funcione se necesitan grandes masas de información que posibiliten establecer un histórico del cliente. Esto supone a su vez la concentración de esa información por una misma empresa. Por lo que no sería posible en un modelo de competencia perfecta. Una condición indispensable es la competencia monopolística. La concentración de la oferta en una sola plataforma. 

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